Un cielo de julio estaba sobre nosotros. Las nubes, de un gris oscuro, nos prevenían de la inminente lluvia. En frente de nosotros, un lago silencioso, rodeado de basta vegetación y una cabaña que expulsaba humo de su chimenea. Elegimos esa tarde, ese lugar para estar el uno con el otro: mirarnos sin futuro, ni pasado, tocar nuestras manos sin prisa, hablar sin importar los acuerdos, reírnos y compartir la espontaneidad. Llegó la lluvia y borró un tanto la apariencia. Vi que no supiste que hacer: si guardar los aperitivos o besarme entre la lluvia. Yo también me vi sorprendido: o levantaba la sábana en la que nos sentamos, que ya estaba mojada, o te acercaba junto a mí para protegerte de la lluvia. Al mismo tiempo, nos sentamos y echamos a reír. Nos pusimos uno al lado del otro y solo disfrutamos la lluvia. Aquel día, aquella tarde, aquel sitio, aquel lago, ya nos pertenecía. Ambos lo sabíamos cuando nos abrazamos. La lluvia cesó y comenzamos a guardar las cosas. Me pediste guardar el momento con una fotografía y yo sonreí.