“32 años después: mi paso por la Secundaria Foránea Mixta Número 6”

Secundaria Foránea Mixta Número 6

Cuando explico la curva del olvido a mis estudiantes de preparatoria, con el fin de que repasen sus notas y combatan el olvido de los conocimientos, siempre pongo como ejemplo mi paso por la Escuela Secundaria Foránea Mixta Número 6. Les pregunto: en una escala del 1 al 100%, ¿cuánto recuerdan de las clases impartidas? La mayoría responde que entre un 30 y 50%. Yo les comparto que, en mi caso, quizá haya retenido un 5%, o tal vez menos. Lo más probable es que sea menos.

Siempre les digo que, en la secundaria, fui un estudiante flojo al que solo le gustaba jugar voleibol y fútbol. Mis calificaciones oscilaban entre 8 y 8.5. Las materias que sumaron a mi promedio final fueron educación artística, educación física, historia y alguna otra del área de sociales. En cambio, era pésimo en todo lo relacionado con matemáticas. Al confesar esto, mis estudiantes suelen poner cara de asombro.

De la primaria a la secundaria

Entre 1990 y 1993 cursé la secundaria. Recuerdo que, al finalizar sexto de primaria, me sentí feliz y a la vez temeroso por entrar a esta nueva etapa. Mis dos hermanos mayores ya la estaban concluyendo y veía cómo disfrutaban con sus compañeros, acumulando recuerdos y anécdotas.

En casa escuchaba constantemente los nombres y apodos de algunos maestros populares: el profe Ramirito, el Veterinario, el profe Polo, el maestro Rubén, Chilo, el profe Raúl, el profe Carlitos, la maestra Bertha, el profe Servando, Drácula, entre otros.

Por eso, al mismo tiempo que sentía emoción, me invadía el temor de no ser capaz de aprobar la secundaria. Interiormente me percibía limitado para el estudio.

Me asignaron al grupo B vespertino. Ahora que lo pienso, nunca se me pidió opinión sobre qué turno prefería —jajajajaja—. Mis hermanos mayores habían estado en ese turno, y después de mí, también mis otros tres hermanos. Supongo que mis papás lo eligieron estratégicamente: mi mamá trabajaba como maestra de primaria con doble plaza, mi papá estaba en Estados Unidos durante un tiempo y mis hermanos menores requerían cuidado. Lo cierto es que jamás cuestioné en qué turno debía estar. Iba feliz por las tardes, sin envidiar nunca al matutino. Para mí, la secundaria solo existía en versión vespertina.

Rostros y nombres

Han pasado ya 32 años desde que egresé, y solo conservo algunos nombres y apodos de compañeros, junto con rostros difuminados por el paso del tiempo: Chuy y David Clemente (Tuga), Pedrito, Nuno, Ana, Katia, Maribel, Gloria (apodo de un compañero, sin relación con su orientación sexual), Sergio (Teto), el Garra (de San Cayetano), Francisco (Chisco), Ángela, Paty, los hermanos Armando y Salvador (los gatos), Israel (la Ñosca), Erika, Aníbal y Francisco (Juanfra).

Fui un estudiante de bajo rendimiento

No fui un estudiante de alto rendimiento, más bien uno inconstante. Era demasiado distraído y no estaba enfocado en el estudio. El primer año y medio lo dediqué a “machetear” —jajajajaja—. Machetear era memorizar sin comprender nada. Hacía acordeones, no para repasar, sino para copiar en los exámenes.

Recuerdo que, en un examen de matemáticas del profe Rubén (fundador del grupo musical Los Salvajes), me sorprendió copiando. Sentí muchísima vergüenza. Me preguntó: “¿Qué pasaría si tu mamá se enterara de esto?”. No respondí nada. Al final, me dijo que me aplicaría el examen al día siguiente. Nunca le contó nada a mi mamá, o al menos eso creí, porque ella nunca me dio un regañadón de los suyos.

El día siguiente el profe me puso en la primera fila, justo frente al pizarrón, a contestar el examen. Fue muy vergonzoso ser el único sorprendido copiando, pero también aleccionador. Desde entonces no volví a copiar.

Entre música y distracciones

En ese año y medio de secundaria escuchaba mucho a MC Hammer, Vanilla Ice, Technotronic y Caló. Incluso imitaba con mis primos algunos pasos de rap. Pero de pronto irrumpió un género que cambió todo: la tecnobanda, una mezcla de instrumentos de viento con electrónicos como teclado, guitarra y bajo. Desde entonces, abandoné definitivamente la influencia del rap extranjero. El resto de mi secundaria —y toda la prepa— me dediqué a escuchar y bailar tecnobanda, además de la música grupera que ya estaba en su etapa final de popularidad.

Decía que era un estudiante “de rendimiento inconstante, por lo distraído”, por no decir, de bajo rendimiento. A parte de hacer acordeones y machetear, según yo, estudiaba acompañado de mi música favorita. Hasta que llegué a la prepa comprendí que era un método ineficaz. Hoy en día, muchos estudiantes siguen practicando ese mal hábito, de hecho, de manera más descarada, ¡se ponen sus audífonos inalámbricos en el salón de clase! Al menos yo ponía música en el estéreo de casa y disque hacía tareas. Algunos estudiantes de hoy se creen súper poderosos al pensar que pueden hacer dos cosas al mismo tiempo: escuchar música y aprender en clase. La experiencia y la neurociencia me han enseñado que este método es ineficaz a todas luces. En mi libro Cerebro Plástico este mito de «hacer dos cosas a la vez», está debidamente explicado. Dicho sea de paso, cuando sorprendo a mis estudiantes escuchando música en clase, no pierdo la oportunidad de hablarles de ese viejo hábito que practicaba en la secundaria y de los malos resultados que obtuve.

Profesores que marcaron

Pocos recuerdos me vienen con claridad de las clases, pero hay destellos que permanecen.

  • El profe Polo daba historia: clases muy memorísticas, pero bien estructuradas y con mucha disciplina.
  • El profe Carlitos, de matemáticas, tenía una letra impecable y una presentación admirable.
  • La maestra Lupita Covarrubias destacaba por sus narrativas sólidas, su buen humor, excelente dicción y un trato empático. No en vano fue nuestra madrina de generación.
  • El profe Servando, de Educación Física, era uno de mis favoritos. Organizó partidos de voleibol memorables, donde nos enfrentábamos alumnos contra profesores como Raúl (el Matanga), Uziel, Teca, César o Lucio. Para nosotros era un deleite jugar hasta que caía la noche o hasta que los profes se rendían. Yo integraba un equipo con Aníbal, Chisco y Teto, siempre con energía para cubrir todas las posiciones. Esos partidos siguen siendo de mis recuerdos más preciados [voleibol en la secundaria mixta número 6, 1990].
  • La maestra Guille tenía un trato cordial y alegre que unía al grupo. En 2017 tuve el honor de reencontrarla cuando regresé a la secundaria para impartir un taller sobre inteligencias múltiples en un Consejo Técnico. Ella expresó sentirse orgullosa de mi desarrollo profesional. Sus palabras me llenaron de alegría.
  • El profe Chilo nos impartía el taller de Herrería y forja. Era un docente paciente y muy experimentado en su área. Los aprendizajes que obtuve los llevé al taller de mi papá, quien me ayudó a pulir mis habilidades para soldar. Recuerdo que, como tarea, realicé una mosca con solo alambrón. Un trabajo decorativo para casa.

Por otra parte, el Veterinario, como le decíamos al profe Luis Antonio S. Z., era temido por su exigencia. Decían que sus clases de Física o Química eran las más complicadas. Tenía una pequeña oficina detrás de la dirección donde recibía a los alumnos. Con camisa blanca de manga larga, pantalón beige, lentes grandes, gruesos, ochenteros y voz fuerte, imponía respeto. Sus clases eran memorísticas al extremo, pero aprendí de él la importancia de la disciplina y la presentación impecable: escribir en hoja blanca, lineal y sin errores. Afortunadamente, logré aprobar su materia. Por cierto, a nadie nos gustaba verlo enojado, porque era cosa seria.

De la maestra Bertha, de Español, guardo la seriedad y respeto que inspiraba en cada sesión. No fue fácil acreditar su clase.

En contraste, el profe Ramirito, de Inglés, me agradaba mucho. Aunque muchos le temían, yo disfrutaba sus clases. Era un hombre sencillo, disciplinado, de voz ronca y aspecto clásico: camisas a cuadros, lentes grandes y pelo bien alineado.

El Subdirector que me rescató

Después de año y medio, seguía en picada. No brillaba ni con buenos maestros. Cumplía apenas con lo mínimo, distraído y más enfocado en jugar.

Entonces llegó como subdirector el profesor Jesús González G.. Moreno claro, de cabello canoso y siempre con camisa blanca y pantalón formal. Pronto ganó nuestra simpatía. Su capacidad para explicar matemáticas era evidente, pero lo que más nos sorprendió fue su entusiasmo en el voleibol: se unía a las retas en los recreos. «El Sub» o «La voz» de «la experiencia», como le decíamos, se ganó tanto respeto que lo elegimos, junto con la maestra Lupita, como padrinos de generación.

En mi caso, el Sub tuvo un acercamiento muy significativo, se convirtió en una especie de tutor personal. Supongo que detectó que iba en caída libre, pues solo me inclinaba por el juego y la distracción. En repetidas ocasiones mi mamá les pidió a mis dos hermanos mayores que me ayudaran con mis estudios, porque no veía futuro en mi persona. Pues bien, el Profe Jesús fue una figura muy importante para rescatar mis estudios. Me recibía en su oficina, conversaba conmigo, incluso visitaba a mis padres para motivarme. Gracias a él, no me fui al campo a trabajar, como en algún momento me plantearon mis papás.

Recuerdo especialmente un torneo de voleibol en su natal Tecolotlán, Jalisco, al que nos llevó y donde nos recibió en su casa con toda sencillez. Ese gesto rompió la rigidez académica y me enseñó lo que es la verdadera vocación docente.

Puedo decir con alegría que, gracias a su guía, logré acreditar la secundaria con un promedio de 8.5.

Treinta años después, en noviembre de 2023, el profe Jesús me contactó para invitarme a una reunión anual de jubilados en Tecolotlán. En el evento compartí una charla breve sobre mi paso por la secundaria, el acompañamiento que él me brindó y un poco sobre mis libros. Incluso me permitió presentar y venderlos. Fue un reencuentro entrañable que me hizo valorar aún más el impacto que tuvo en mi vida.

El 20 de noviembre

El desfile conmemorativo del inicio de la Revolución Mexicana, cada 20 de noviembre, nos exigía sacar lo mejor de nuestras habilidades físico-acrobáticas. Un mes antes, los profes de Educación Física nos entrenaban con disciplina para marchar de manera impecable, formar pirámides humanas, mostrar destrezas deportivas y ejecutar acrobacias como el famoso “salto de la muerte”.

Nadie de mi generación podrá decir que los desfiles eran aburridos; todo lo contrario, eran espectáculos esperados por la comunidad. La gente salía de sus casas a vernos, y nosotros, orgullosos, presumíamos nuestras habilidades físicas. Yo participé varias veces en pirámides y en el salto de la muerte: atravesar un aro en llamas al estilo Superman y caer en una colchoneta —porque el cemento de la calle estaba durísimo, jajajaja—. También recuerdo haber jugado voleibol durante las exhibiciones. ¡Qué recuerdos tan bonitos! Afortunadamente conservo algunos vídeos de esas experiencias. [vídeo 20 de noviembre 1990]

Los bailes

Otra parte inolvidable eran los bailes que la secundaria organizaba el 23 de mayo, día del estudiante, y en el aniversario de la escuela. Hoy lo común es que un DJ ponga música, pero en esos años teníamos grupos en vivo que le daban un ambiente especial.

Grupos musicales como Los Salvajes o Fuerza Joven amenizaban las fiestas, creando un espacio de diversión sano y emocionante. Algunas veces tocaban en la misma secundaria y otras en el Casino Imperial o Fontana. Yo, convencido de que era buen bailarín, me entregaba a la pista como si fuera experto… aunque ahora sé que mis pasos eran más entusiastas que elegantes. Pero en aquel tiempo lo vivía con una seguridad absoluta: bailaba y bailaba hasta el cansancio.

Reflexión final

¡Qué tiempos, aquellos! Mientras escribo estas líneas, a las 8:56 del 16 de septiembre de 2025, me doy cuenta de cuánto ha cambiado el mundo y la vida escolar desde entonces.

No sé qué quedará de esa secundaria de los 90, pero sí estoy convencido de que algo se mantiene vigente: el profesionalismo y la calidad educativa de la Escuela Secundaria Foránea Mixta Número 6. Con el paso de los años, muchos maestros se han jubilado y nuevas voces han llegado, refrescando la institución. Así es la vida escolar: un ciclo continuo de generaciones que dejan huella.

¡Feliz 60 aniversario, Secundaria Foránea Mixta número 6!

Generación 1990-1993

Algunos vídeos del 25 aniversario de la Secundaria Foránea Mixta número 6

Partido de fútbol entre estudiantes y maestros (este equipo le apodaban Matangas)

Acto inaugural con honores a la bandera, presentación de pianista apodado «Beethoven» y ballet folclórico del Ayuntamiento de Guadalajara

Ecos de Silencio y destino

El viernes 12 de septiembre de 2025, mientras bajaba por la rampa del edificio en mi lugar de trabajo, viví un momento que aún guardo con gratitud. Al llegar al primer piso, una estudiante de primer semestre de preparatoria se acercó con timidez y, a la vez, con un brillo inconfundible en el rostro: quería que le firmara Silencio y Destino, un libro de mi autoría.

Con asombro vi cómo sacaba el ejemplar de su mochila. No era un libro intacto, sino un compañero de viaje: tenía versos subrayados, palabras destacadas, huellas de lectura viva. Eso me sorprendió y conmovió profundamente. La estudiante, llamada Mariana, me confesó que algunos poemas le habían marcado. Le agradecí con sinceridad que se tomara el tiempo de leer mi obra y, casi sin pensarlo, le conté que era la primera persona en hacerme comentarios tan positivos sobre ese poemario.

Cuando le pregunté cuál era su poema favorito, respondió sin titubear: “Tu vida”. Entonces tomé el libro entre mis manos y recité en voz alta aquellos versos, como si los reviviera por primera vez. Después, escribí una dedicatoria y firmé su ejemplar.

Fue un instante breve, pero cargado de significado. Para Mariana, un recuerdo; para mí, un regalo que reafirma la razón por la cual escribo: porque la poesía encuentra caminos invisibles hasta tocar la vida de alguien más.

Tu vida

Cuando estamos juntos,
tus besos se me derriten
y sufro porque
no puedo dejarlos quietos.

Tu abrazo es tan volátil
que me quedo con frío
cuando te retiras.

Tus caricias son tan necesarias
que detienes mi corazón
si dejas de tocarme


Tu voz, diciéndome te amo,
rejuvenece mi cuerpo y el amor.
Por eso, quisiera que no calles
lo que sientes por mí.

Tu compañía
es el aliento de mi futuro
y el refugio de mis miedos.