El sueño de ser maestra

– ¿Tienen alguna pregunta?

– Yo maestra. ¿el ensayo tiene que ser sobre una persona real o imaginaria?

– Recuerda que según lo que vimos en el tema, el ensayo es una construcción literaria libre, donde se resalte tu punto de vista y conclusiones.

– Oh, está bien maestra, ya entendí.

– ¿Tienen otra pregunta?

– ¿Cuánto dijo que iba a contar para la calificación?

– 10 puntos, así que traten de entregar un buen ensayo. Pueden comenzar ahora, tenemos una hora y media antes del recreo para que lo inicien, y tal vez lleguen a la mitad del cuerpo del desarrollo.  Cualquier pregunta aquí estoy para ayudarles.

– ¿Cómo empiezo, ¿cómo empiezo…?

Era septiembre de 1968, y en contraste con la pugna ideológico política en México y todo lo que escribía la historia entonces… Era una mañana fresca, tranquila y muy campestre en la comunidad de San Agustín, Municipio de Unión de Tula, Jalisco. Los niños, poco a poco se acercan a la escuela primaria pública Emiliano Zapata, cuyas instalaciones son apenas un par de salones y recursos materiales limitados, como toda primaria rural de esa parte de la historia.

Con muchos miedos y en el inicio de su juventud, la maestra Rosalba Castañeda Salamanca se para frente a la escuela, toma aire… y da su primer paso para cruzar la puerta de ingreso de la escuela. Acompañada de la bendición de su bendita madre, la también maestra, María Isabel Salamanca, prosigue rumbo a su primera misión de su destino magisterial.

Las ideas pasaban por su mente como si fueran relámpagos incontrolables, y su corazón, caminaba a un ritmo más acelerado; ni sus maestros que le enseñaron el apostolado de enseñar, ni mucho menos los libros que llevaba en su maletín para dar la clase, podían desacelerar el caudal de emociones que experimentaba cada que daba un paso a la dirección de la escuela. No era para menos, ¡era su primer día en su carrera profesional!

-Buenos días director, soy la maestra Rosalba Castañeda Salamanca, estoy a sus órdenes.

El director correspondió el saludo y sonrió.

-Bienvenida maestra, usted viene de Guadalajara, ¿no es así?

-Si maestro. Esta comunidad es la que me fue asignada y con gusto vengo a trabajar.

-Muy bien maestra, ahorita le digo cuáles son los grupos que le fueron asignados. Tome asiento, por favor.

Ese encuentro tan formal y a la vez con pocas líneas de conversación, provocó que la maestra Rosalba se tranquilizara un poco y tomara todo con más mesura. Era el momento tan esperado para realizar su sueño de ser maestra de primaria.

Mientras esperaba las indicaciones del director, respiró profundamente y exhaló. Su mirada recorría cada espacio de la dirección como si tratase de memorizar hasta el más pequeño detalle: el techo, las paredes, los libros, el escritorio, la puerta, el lápiz que estaba junto a un cuaderno, la fotografía de Díaz Ordaz, una máquina de escribir Olivetti, una estampilla de los juegos olímpicos de 1968…

-Maestra Rosalba, le encargaré los grupos de primero y segundo año, por favor firme aquí. Enseguida le entrego su material.

– ¡Gracias director!

A pesar de que la maestra Rosalba no estaba tan contenta y segura de viajar tantas horas a una comunidad rural alejada de la ciudad, no podía negar que el paisaje era extraordinario: verde, frondoso, virgen; traía la calma que no había en la ciudad, el aire era fresco y limpio, además, desde el borde de la carretera, San Agustín se veía como una localidad llena de expectativas y destino.

Maestra Rosalba en acción

La maestra Rosalba imparte sus clases aprendiendo a como impartirlas en la realidad, pues ahora se da cuenta que la práctica es muy diferente a la realidad. La maestra Rosalba comienza la tarea que toda docente debe emprender el primer día de labores: descubrir su YO docente, es decir, desempolvarse de los modelos aprendidos en la Normal Superior y lucir el propio estilo.

En la escuela Primaria Emiliano Zapata, los niños son pobres y marginados y las letras que aprenden, son una ganancia extra en sus vidas, que tal vez nunca olvidarán.

-A ver niños: vamos a conocer hoy las tablas de multiplicar. Todos repitan, 1 x 1 =1, 1 x 2 = 2… ¡Luciano, siéntate en tu lugar!

La maestra Rosalba se esmeraba día con día. Una de sus fortalezas era su juventud y tenacidad, nadie podía detenerla en el desempeño de su apostolado, que lo practicaba con gran pasión y vocación.

En medio del turno matutino, llega la hora del recreo. La maestra desayuna un poco y repasa sus apuntes para seguir con la secuencia didáctica. Y ya en el ocaso de su jornada laboral, anota la tarea con un pedazo de gis, en un pizarrón gastado color verde. Los niños copian el mandato con la lentitud del caminar de una tortuga. Son pequeños de 1 y segundo año, su habilidad para escribir es muy reciente.

-Quiero que para mañana repasen la tabla del 2 y del 3. No olviden que el lunes haremos honores a la bandera y tienen que venir de blanco.

– ¡Si maestra!

La maestra Rosalba pide a Chepe borrar el pizarrón y ella recoge el material didáctico junto con sus cosas para retirarse a descansar.

Por la calle, frente a la primaria, pasa un joven con el caminar tranquilo y mirada oscilante. Lleva consigo algunas de sus herramientas de albañilería. La maestra Rosalba avanza rumbo a la puerta de salida, y lo observa. El joven gira su cabeza por su hombro derecho y cruza la mirada con la maestra. Los dos sonríen, y el destino empieza a tejer otra historia entre dos.

La maestra no pasaba desapercibida en la comunidad, era la maestra, y solo por eso, su prestigio valía el respeto de todos: chicos y grandes. Un maestro en esas comunidades rurales era como un oráculo, una voz que debía ser tomada en cuenta si, o sí. Era tan imponente aquel título que los padres de familia cedían la patria potestad de sus hijos a las y los docentes durante su estancia en la escuela.

La maestra Rosalba acudía disciplinadamente a realizar sus tareas docentes, pero su semblante ya no era el mismo, se reflejaba el brillo de la inquietud, del misterio de aquel joven: ¿quién era?, ¿de dónde era? ¿dónde vivía? quizás, ¿cuántos años tenía? Lo que sí sabía la maestra es que era un joven bien peinado y apuesto.

La maestra Rosalba tenía la necesidad de comunicarse vía telefónica a la ciudad de Guadalajara donde vivían sus padres: la maestra María Isabel Salamanca, quien la impulsaba a diario a aferrarse al magisterio y el Señor Manuel Castañeda cuya personalidad tan amable, noble y trabajadora, siempre ofreció apoyo incondicional a la maestra Rosalba.  Ella se trasladaba al pueblo de Unión de Tula para obtener algunos servicios que la comunidad de San Agustín no le ofrecía, ya que en esa población había una caseta telefónica en una farmacia y era ahí donde se comunicaba para compartir todas sus experiencias a sus padres.

– ¿Cómo está mamá?

-Bien hija, ¿a ti, como te va?

-Ya mejor mamá. Me ha costado mucho acostumbrarme a San Agustín, pero estoy contenta… cada día que pasa me siento más segura de lo que hago. Hay algunos niños que me sacan de “quicio” pero trato de controlarme y llevar la clase bien, siguiendo los consejos que usted me ha dado. ¿Mis hermanos cómo están?

-Muy bien hija. Tu hermana casi termina de estudiar enfermería y tus hermanos están saliendo adelante en sus trabajos.

-Me los saluda por favor.

-Si hijita, cuídate y a seguir adelante. Adiós.

Aquellos enlaces telefónicos a la ciudad de Guadalajara proveían enorme fuerza motivacional para continuar. La maestra Rosalba estaba a poco más de dos horas y media de camino y eso provocaba diversos sentimientos de desamparo y abandono familiar. Pero la maestra Rosalba, en busca de lograr su sueño de ser maestra tenía que sobreponerse a estos estados emocionales y continuar.

J. Guadalupe Gómez Pérez era el nombre de aquel joven con quien la maestra Rosalba cruzó miradas y quien la llevó al altar para recorrer el mismo camino juntos. Se casaron el 23 de diciembre de 1972 y procrearon 6 hijos. Once años vivieron en San Agustín junto a sus tres primeros hijos, a los cuales llamaron: José Manuel (una combinación de nombres de los abuelos paterno y materno), Fernando y Jaime.

El apostolado de la docencia se tornaba más difícil ahora. La maestra Rosalba no solo desempeñaba el papel de docente, sino que al mismo tiempo era esposa y mamá. Su mente se dividía y tenía que delegar algunas responsabilidades maternales. Por ejemplo, dejaba al cuidado de sus hijos a algunas personas que hacían de niñeras y que, inocentemente, a veces cometían errores, pero era un riesgo que se tenía que tomar. Su esposo ejercía los oficios de albañil y agricultor, no podía cuidar niños. Eso sí, en su tiempo libre buscaba la manera de darles su cariño y amor. En una ocasión grabó en audio una conversación familiar con una de las primeras grabadoras que había en aquellos tiempos. Ahí se podía constatar el trato tan amoroso que daba a sus hijos.

– ¡María! Como se te ocurre ponerle el ventilador en frente al niño, ¿no ves que se está ahogando?

María era una de las niñeras contratadas por poco periodo. Esa vez, la del ventilador, fue despedida rotundamente. Era común que en la familia Gómez Castañeda se acostumbrara a ver niñeras; alguna que otra vez, eran sus propias primas quienes desempeñaban ese papel.

-Lolis, no se te olvide lavar la ropa de los niños, barrer y trapear la casa. Adiós.

-Si tía, que le vaya bien.

Un cambio de dependencia educativa, gestionado por la propia maestra Rosalba, llevó sus destinos a Unión de Tula, donde había más oportunidades de desarrollo y mejores servicios. Su esposo, se fue a trabajar a Estados Unidos (época de Bonanza americana) para conseguir recursos económicos y vivir más cómodamente.

Rosalba lo extrañaba. Sus hijos notaban cierto tono de nostalgia cuando veían a su mamá comunicándose por teléfono en la noche con su papá (lo hacía a esa hora porque la comunicación de larga distancia era más barata)

-Estamos bien, los niños te extrañan, dicen que cuándo vas a venir y que les traigas muchos juguetes.

-En diciembre voy a regresar, compré una camioneta y mucha herramienta para mi taller. Ya no voy a volver para acá, creo que nos iría mejor si trabajo en San Agustín, tengo unos planes.

-Está bien, acá te esperamos, cuídate.

Asentados en Unión de Tula y sin casa propia, tuvieron que vivir en dos domicilios antes de construir su propia casa en el barrio de “La Loma”.

La Escuela Federal Ignacio Zaragoza y Josefa Ortiz de Domínguez

Es un día más en la Escuela Ignacio Zaragoza, turno vespertino donde residía la docencia que impartía la maestra Rosalba; sus hijos estaban creciendo, algunos ya estudiaban la primaria y otros cursaban el jardín de niños. En dicha escuela, la maestra Rosalba comenzó a tejer un entramado interesante de amistades y a echar raíces en aquel poblado. Esporádicamente, ya era en autobús o en su coche modelo Fermon, visitaba en familia a sus padres en la ciudad de Guadalajara.

El Señor Guadalupe regresó de Estados Unidos trayendo algunas sorpresas a su familia, una de ellas, una cámara de video que inmediatamente enseñó a sus hijos a usarla; pero la mejor de las sorpresas era que el papá estaba de regreso; esa compañía que hacía falta en los días y el pilar indispensable para sentirse completos.

La maestra Rosalba era feliz. Su familia completa le daba el sentido de existir y el ánimo para vencer los obstáculos.

Con el correr de los años, el sistema educativo nacional se fue extendiendo, abriendo nuevas plazas en comunidades rurales. Fue así como, en la localidad “La Piñuela”, en la Escuela primaria Josefa Ortiz de Domínguez, se abrió una vacante que la maestra Rosalba tuvo la oportunidad de ocupar. La docencia era ya de tiempo completo. Se redujo el tiempo para ver a su familia y se amplió su margen de experiencia docente. Al cabo de una buena cantidad de años, la maestra Rosalba completó 30 años de servicio, lo que le dio el honor de jubilarse y desempeñar un puesto como supervisora escolar en el sector.

Aunque la jubilación es el descanso, el fin de un proyecto, la maestra no olvida su vocación y sufre algunos años para adaptarse a su nueva etapa de vida; cubrir a maestros que se incapacitaban o pedían permiso, se convirtió por algún tiempo en una de sus falsas esperanzas por regresar a vivir sus viejas glorias, pero solo eran el recordatorio frio y mordaz de que el tiempo la había alcanzado, que era otra época y que su sitio ya no eran las aulas. Era momento de rediseñar un viejo proyecto de vida llamado Rosalba Castañeda Salamanca ahora más mamá y más esposa.

-No sé qué voy a hacer, no sirvo para nada.

-Tranquila mami, tranquila, no diga eso, aún hay mucho por delante, ya verá que pronto se va a adaptar.

Era común para sus hijos enfrentarse al carácter fuerte y estresado de su mamá. Ellos no sabían ni tenían la menor idea por lo que pasaba, pero estaban ahí, siempre ahí haciendo la compañía silenciosa que solo dan los hijos para calmar el ánimo.

-El siguiente mes vamos a ir a Talpa a ver a la Virgen.

-¡Siiii!

-Mañana iremos al rio del Carmen a comer y remojarnos.

-¡Siiii!

La maestra Rosalba tenía espacios para convivir en familia. Podía ser explosiva, regañona, gritona, pero llevaba a su familia en su corazón. Hacia todo por ver feliz a sus hijos, por vestirlos, alimentarlos y proveerles un futuro.

Sus hijos crecieron y se formaron en valores y carreras universitarias: un ingeniero en comunicaciones y electrónica, un filósofo, un psicólogo, un médico, una licenciada en turismo y un licenciado en informática y bailarín.

La maestra Rosalba Castañeda Salamanca se preparó para vivir su sueño como tal, en el camino se encontró a su compañero de vida quien respetó ampliamente su vocación docente; los dos decidieron, ante todo, formar a sus hijos en las letras como una maestra hace con sus alumnos. Sus hijos ahora tienen familia y tratan de heredar principios que recibieron de sus padres, pero se esmeran por dibujar su propio sello en sus hijos. Viven agradecidos porque un día sus padres cruzaron miradas y sonrieron.

La maestra Rosalba ahora es abuela (o como le dicen sus nietos, “Nina”). No ha olvidado su ser docente, ni lo olvidará jamás. Está ya en otra etapa de vida, donde el cuidado de su salud se ha vuelto más importante que cuando era joven; la televisión es una mecedora que termina por arrullarla, no le interesa navegar por internet ni tener cuenta de correo electrónico, mucho menos un perfil de Facebook, ella está tratando de dominar el uso del whatsapp y la consulta de videos en YouTube. Ha estabilizado su vida, aún sin su compañero de viaje, dividiéndola entre las familias que han formado sus hijos. La maestra Rosaba es feliz y su compañero de vida descansa en el cielo.

-Híjole, ya dieron el timbre para el recreo maestra, espero sacar una buena calificación por este ensayo, de seguro le va a gustar.

– ¿Entonces ya lo terminaste? ¿tan pronto?

-Si maestra ya lo terminé, pero antes de entregárselo voy a poner algunas imágenes, creo que ayudarán mucho.

-Ándale, buena idea, no se me había ocurrido. Espero tu ensayo completo la siguiente semana.

-Si maestra, que pase buen día.

-Buen día Nickolas.

Dedicado a mi sobrino Nickolas (12 días de edad)

Ilustraciones: Matías Molina Gómez y Regina Alessandra Gómez Aceves

Los mejores tacos del mundo

El martes pasado, después de pasar la glorieta que distribuye las carreteas al: El Grullo, la costa de Jalisco, la ciudad de Guadalajara y, por supuesto, mi ciudad de Autlán, tomé la calle Constitución como un acceso para llegar al parque La Alameda y disfrutar un momento de convivencia familiar, caminando, disfrutando del acompañamiento de otros conocidos o desconocidos que se reúnen ahí para salir del sedentarismo y conseguir esa sensación de estar en masa con otros homos sapiens curiosos.

La calle Constitución es un referente importante en Autlán de Navarro. Cuando se toma como yo lo hice, al comienzo de la misma, del lado izquierdo, está el Panteón de la Soledad y, a unos metros más, por enfrente, está el Hospital Regional de Autlán; por esa misma acera, a poco más de cien metros, se encuentra la Taquería Carlos Jr.

Así pues, ya incorporado en la calle Constitución y mi mente enfocada en la conducción de mi auto, pasé el Hospital Regional de Autlán y de inmediato me centré en disminuir las revoluciones de mi coche para pasar el tope de inicio de manzana -esta pausa obligatoria en la vialidad está exactamente entre un vivero y una florería-. Cuando el rodado trasero bajó del tope, mi mente y sensaciones corporales cambiaron de atención drásticamente. Recordé que estaba en la ruta exacta para llegar a la Taquería Carlos Jr. En un zigzag rapidísimo -de frente a diagonal- mi vista enfocó a la Taquería y mis sensaciones bioquímicas se alteraron aún más. Los que manejamos autos estándar, sabemos que, después de pasar un tope, lo más conveniente es que avances en primera velocidad; en aquella ocasión así lo hice y, de manera intencional, continué lentamente, sin cambiar a segunda posición, con la intención de enviar un primer mensaje a la familia de próxima parada.

A unos treinta metros de la Taquería Carlos Jr., parte de mi familia iba sumergida en sus dispositivos electrónicos, entonces, me sentí obligado, más por mi hambre ya desbordada, a hacer la pregunta que todo padre de familia hace cuando desea ser acompañado en una cena urbana: ¿tienen hambre? E inmediatamente después, casi sin haber recibido una respuesta, lancé la segunda pregunta lógica que no permite alternativas: ¿Quieren tacos? Mis hijos experimentaron una desconexión abrupta con sus dispositivos y dijeron, casi en coro: ¡si! Al instante, al mismo tiempo que iba inhalando profundamente, mi cara dibujaba una sonrisa. Ya tenía la atención de mi familia y todos estábamos sincronizados en la misma frecuencia: llegar a la Taquería Carlos Jr. a degustar parte del menú.

La Taquería Carlos Jr., cuyo propietario y amigo es el Señor Carlos Medina Ponce, tiene una larga historia, de la cual, compartiré solo un fragmento.

En doce años Carlos aprendió el oficio del taquero de la mano de su papá Carlos Medina Zavalza (+), un hombre disciplinado, trabajador, de carácter fuerte y con un lenguaje bastante folclórico que, quienes le conocimos, nunca se nos hizo fuera de lugar, al contrario, su lenguaje era parte de la atención al cliente y hacía mucho más agradable la ingestión de sus tacos, pues mientras atendía a su clientela, nunca faltaba una ocurrencia o maltratada. Ahora, Carlos me comenta con muy buen humor que, en su etapa de entrenamiento de Taquero -que inició a sus once años-, su papá le gritaba muchas veces y le enseñó a no ser un “flojo”. Así mismo, dice que, “Los gritos te enseñan”, “al final por algo te grita tu papá, a veces hay maneras de ellos de compartir el cariño de esa manera”, “cuando eres chiquillo no entiendes, cuando eres grande ya entiendes”.

Carlos dejó de ayudar a su papá en el puesto porque consiguió otro empleo y se casó con Ofelia (Ofe). Después logró una licencia para abrir una lonchería en Escuela Preparatoria Regional de Autlán. A la fecha, son 21 años de trabajar en la lonchería que él denominó “La Prepa”. Pero el oficio de la taquería no pasó al olvido. Carlos monta su puesto de tacos desde hace 18 años en el famoso Carnaval Autlán, exactamente donde topa la calle Álvaro Obregón con Bárcenas, digamos, en lenguaje carnavalesco, en el mero corazón del “callejón del vicio”, ubicación perfecta para la vendimia. Reza el dicho: “lo que bien se aprende, jamás se olvida”, Carlos combinaba su trabajo en la preparatoria con la venta de tacos en el Carnaval.

Desde marzo de 2020, la preparatoria cerró por causa de la pandemia Covid-19, lo que puso a reflexionar a Carlos en cómo sostener a su familia, ya que su principal fuente de ingresos provenía de la lonchería “La prepa”. A Carlos, se le puede considerar como una copia de su padre, pero en versión actualizada. Es disciplinado, limpio, atento, responsable, tenaz, optimista, trabajador, amable, ahorrador, organizado, respetuoso, franco, valiente, justo, incansable, y también lleva en su ADN lo dicharachero de su padre -eso incluye el lenguaje folclórico del que hablé hace unos párrafos, pero en menor intensidad-. En lo que tengo de conocerlo, jamás he escuchado una ofensa a sus hijos, al contrario, los consiente, los lleva de vacaciones y cada día forja en ellos, junto con Ofelia, la disciplina para el trabajo y la superación académica. Teniendo en mente a ese Carlos y su esposa Ofe, no había ninguna duda en que iban a salir adelante, siempre adelante. Fue entonces que, un día, en medio de la pandemia, decidieron abrir formalmente un local comercial para instalar su marca Taquería Carlos Jr. en Calle Constitución 360 A, La Calma, 48900 Autlán de Navarro, Jal. Me di cuenta de este acontecimiento porque a mi teléfono celular llegó un mensaje del mismo Carlos, difundiendo la apertura de su taquería. Sentí mucho gusto por esa iniciativa emprendedora. Comenta Ofe que, también ofrecieron servicio a domicilio pero que, en pocos minutos, después de haber abierto, se saturó el teléfono y tuvieron que suspender el servicio por varios días. No se daban abasto a atender tanta gente.

Pues bien, retomo mi llegada a la Taquería Carlos Jr.

– ¡Qué tal Carlos, Ofe, buenas noches!

– ¡Buenas noches, maestro!

Le dije a mi esposa…

-Casi no hay gente, ay que aprovechar.

-Si maestro, afortunadamente, gracias a Dios, nos ha ido bien.

-Carlos, te veo más relajado…

-Si maestro, estoy en lo mío, disfruto este oficio como no tiene idea.

Al fondo del puesto, se les ve a sus hijos trabajando de manera coordinada, uno atendiendo el teléfono, empaquetando los tacos para llevar, otro, tomando los pedidos a los comensales, cobrando y dando cambio. Dos integrantes más, se encargan de servir tacos y atender otras funciones. Todos portan su uniforme, además, ponen en práctica todas las recomendaciones sanitarias  para la prevención del Covid-19.

-Carlos, me gustaría publicar algo sobre tu taquería ¿me autorizas?

– ¡Claro maestro desde luego!

-Gracias Carlos. Quisiera tomarles una foto, ¿se puede?

-¡Si cómo no!

Carlos pide a su equipo posar para la foto

Dice mi esposa que el secreto de esos tacos son las salsas. Yo, como buen contreras que soy, le digo que son perfectos, todo hace que sean un milagro para el paladar, esto incluye: la atención, el servicio, la higiene, el precio y la sazón. En Taquería Carlos Jr. si quieres improvisar una conversación, siempre encontrarás en Carlos a un interlocutor espontáneo y ocurrente para hacer tu espera más agradable.

Taquería Carlos Jr.

de los mejores tacos del mundo

Cabeza, aldilla, lengua, labio, sesos, cachete…

Teléfonos: 317 108 1163 – 3171233932