Fast fashion, fast contamination

Confeccionar unos jeans requiere unos 7500 litros de agua, el equivalente a la cantidad de ese líquido vital que bebe una persona promedio en siete años.

Empezar con esta frase me parece algo necesario, pues en la mayoría de problemas que nos aqueja como sociedad, no somos capaces de dimensionar por nosotros mismos la gravedad del asunto, e incluso, para muchos esta estadística con la que comencé termina siendo inservible, ya que resulta imposible digerir, procesar y cuantificar tal cantidad de agua.

La industria de la moda es la segunda más contaminante de todo el planeta, uno pensaría que habría más de una industria por encima de esta, pues la prensa y las comunicaciones globales se encargan de dar una imagen de lo bello y el estilismo que representa la moda como un estilo de vida, claro que todo esto desde un punto de vista económico, sin embargo, el ecológico ha sido dejado de lado total y cruelmente.

El problema es a nivel global, sin embargo, las consecuencias tangibles y perjudiciales de primera mano aún no son percibidas globalmente, son solo algunos países como Bangladesh donde la contaminación y los efectos de la fast fashion ha repercutido en la vida diaria de su población, tal vez en tu vecindario no mirarás todo el desecho generado por la ropa que compramos excesivamente (al menos no por ahora),  en cambio, hay otras partes del mundo donde no les queda de otra que vivir entre basura textil y grandes daños a su salud de los que no se pueden escapar, pues no hay manera de deshacerse de tanta producción desperdiciada de ropa de todo el mundo, ropa que en su mayoría está diseñada para eso: para rápidamente ser deshecha y adquirir una nueva.

El problema está principalmente en tres factores: la gran producción de ropa actualmente, la gran demanda creada por los mismos productores y la calidad de la vestimenta que se está produciendo.

Anteriormente la industria de la moda apostaba más por la calidad de sus textiles en busca de su longevidad como producto útil, esto claramente ha cambiado, la producción de ropa se duplicó entre 2000 y 2014, ahora se enfocan todos los esfuerzos en satisfacer una demanda rápida y efímera, debo mencionar que estoy generalizando, siguen existiendo marcas de ropa que lo que buscan ofrecer es una ropa de extrema calidad.

Ahora compramos el doble y tiramos la ropa a la mitad del tiempo que lo hacíamos antes, nos encontramos ante una sociedad donde reina lo visual, lo estético, el mirarse lindo, por supuesto que no tiene nada de malo el tratar lucir de la mejor manera posible, es nuestro instinto el buscar sobresalir de una u otra manera, siendo la vestimenta una de las principales estrategias. 

Una vez dicho esto, es hora de que controlemos un poco ese instinto reptil y seamos racionales, es decir, comenzar a crear otra sociedad, una diferente a la que hemos formado recientemente, paulatinamente se tiene que informar correctamente a la sociedad en general acerca de los riesgos que corremos con nuestras compras impulsivas y las consecuencias ya existentes, haciendo esto ya habremos avanzado un poco. A partir de ahí, se iniciará otro ciclo de la ropa, buscar eliminar el corto proceso de compra: uso y deshecho. En cambio, optar por otras alternativas.

Enseguida expondré estadísticas de la contaminación de la industria de la moda, todas con el fin de ilustrar y cuantificar rápidamente el problema al que nos enfrentamos.

-Cada año, la industria de la moda usa 93.000 millones de metros cúbicos de agua, cantidad que es suficiente para satisfacer necesidades de consumo de cinco millones de personas.

-Un 20% de las aguas residuales del mundo provienen del teñido y el tratamiento de textiles.

-El 87% de las fibras que se usan para confeccionar la ropa se incinera o va directo a un vertedero. Y el 60% se desecha antes de que se cumpla un año desde su fabricación.

 -El rubro de los textiles es responsable del 10% de las emisiones globales de carbono, mucho más que los sectores de transporte marítimo y aéreo juntos. De seguir con este ritmo, las emisiones de gases de efecto invernadero correspondientes al sector de la moda aumentarán más del 50 % para 2030.

-Se prevé que, si los patrones demográficos y de estilo de vida siguen su curso, el consumo mundial de ropa aumente de los actuales 62 millones de toneladas a 102 millones en 10 años.

-Cada año se vierten en el mar medio millón de toneladas de microfibra, lo mismo que 50.000 millones de botellas de plástico. Las microfibras no se pueden extraer del agua y, además, pueden permear las cadenas alimenticias.

Claro está que, para solucionar un problema de tal envergadura, es única opción el trabajar en conjunto como sociedad para cambiar la cultura que se ha venido desarrollando y ponerle un fin al incremento de estas terribles estadísticas. Es un esfuerzo tanto de las empresas textiles como sus consumidores, todos nosotros.

Hay ciertos caminos que se están abriendo para guiarnos hacia un mejor futuro en este aspecto de la moda, que a final de cuentas permea en muchos otros más. La socialización y los mensajes que se difunden son algo demasiado influyente en la sociedad, así que un buen uso de la comunicación global con la que contamos será una gran ventaja, hay algunos lugares como Suiza donde cada vez es más común que las personas miren con malos ojos a las personas con compras innecesarias, ellos sí tienen el hábito del consumo responsable, si esto se replicara en todo el mundo, esa actitud hacia ciertas acciones, sería un gran comienzo para el cambio. En vez de apoyar a esas personas que a través de sus redes sociales se muestran con un alto consumo no responsable, apoyar a aquellas que tengan consciencia y estén actuando correctamente, generando otro concepto de lo correcto en la sociedad misma, creando un impacto en la demanda de ropa en este caso.

Lo mencionado en el último párrafo es desde un enfoque del consumidor, por otro lado, el sector productor también debe adoptar conductas diferentes para aportar a este cambio, buscar que sus materias primas y procesos sean más sostenibles, así como hay casos de marcas de ropa que están experimentando con sistemas de recolección de sus propios deshechos de ropa para someterlos a procesos de reciclaje y reutilizar la materia prima en su producción, también hay otras iniciativas que promueven la compra de segunda mano, acción que sin duda alguna tiene un alto valor, y una vez sea insertada en la sociedad, será otro gran avance.

Para concluir, solo quiero mencionar, como siempre, que esto es solo un extracto, hay mucho más y debemos ir por ello, empaparnos de información del tema para ser capaces de actuar y ser agentes de cambio, hasta aquí los dejo con este pequeño artículo de Nota del Autor, las notas que necesitamos.

Por: Eber Emmanuel Vizcarra Ríos

Bibliografía

Antes de la muerte

Jaime Gómez Castañeda (2020) Antes de la muerte

Hace cuatro años, mi papá fue a una revisión dental. La dentista notó algo extraño en la cavidad bucal y de inmediato recomendó hacer ciertos estudios para descartar alguna enfermedad relacionada con su competencia. Mi papá ya no regresó al consultorio, las valoraciones le determinaron cáncer de laringe.

Las familias recibimos la noticia con asombro. Pensamientos y emociones, emociones y pensamientos, comenzaron a aturdirme en los momentos menos esperados del día; preguntas sin respuesta me quitaban la atención por horas, y la idea de quedarme sin padre, de vez en cuando aparecía. Pero era algo que no le tomaba importancia, más bien, me enfocaba en cómo ayudar a superar esa crisis.

Mi hermano médico, se encargó de seguir al pie de la letra todo el procedimiento de atención médica a nuestro padre. El supo perfectamente a qué institución llevarlo y como debíamos asumir médicamente la situación. El resto de mis hermanos, y él también, estuvimos organizándonos para escapar de las obligaciones laborales y llevar a mi papá a citas de quimio y radioterapia. Aquel año de intenso tratamiento médico, pasó de todo. Con oscura tristeza, vi como el cáncer lo consumía poco a poco: se le cayó el pelo, adelgazó, su color de piel se tornó un tanto pálida, le surgió una papada inusual, su voz se puso borrosa, la alimentación se redujo a licuados y uno que otro hot dog o hamburguesa; día y noche, emprendía una batalla sin fin con las flemas en su garganta. Su descanso se trastornó severamente -imagino que conciliaba el sueño cuando caía en un estado de verdadera inconsciencia en el que las flemas seguían ahí, pero era tanto el cansancio que su cerebro daba la orden de “no molestar, por el amor de Dios”-. Su andar era lento y vestía su ropa habitual con un gorro en la cabeza. En una ocasión, me levanté temprano para llevarlo a una consulta a la ciudad de Guadalajara. Estaba ahí, en la sala, sentado a unos 4 metros del televisor, bien abrigado con su gorro y unos guantes. Me impresioné porque no era la imagen de mi papá que conservaba años atrás. Aquella, era la de un hombre fuerte, sostenido en músculos forjados por los trabajos que a él le apasionaban profundamente y que nos dieron porvenir: ser albañil, fontanero, electricista, agricultor, carpintero, soldador y mecánico. En fin, era todo. Y el cáncer lo había desfigurado al extremo. Aquella vez, viajamos en punto de las 3 de la mañana. Noté que mi papá se sintió cómodo en el coche y durmió la mayor parte del viaje. Recuerdo que, a 20 minutos del viaje, sentí un pie con calcetín en la codera de mi auto, ahí me di cuenta de que mi papá estaba descansando.

En se año de múltiples torturas, principalmente para mi padre; en las familias nos dábamos confianza y esperanza apoyándonos en la fe, por eso, se dieron los viajes a lugares sagrados en la región y celebraron decenas de misas por la recuperación de mi padre.

No había días sin especulación en las familias, hasta que mi hermano médico las borraba explicándonos la interpretación del tratamiento que recibía mi padre. Su opinión, fría y directa, era la verdad en la que algunos no queríamos creer por completo. Mi padre estaba muriendo, pero nadie lo daba por sentado.

¿Qué hacía mi papá durante ese período de tratamientos y cambios físicos? Él siguió conduciendo su camioneta S10, modelo 1998 y trabajando dentro de sus posibilidades: dedicó tiempo a fabricar juguetes de madera, asadores, cultivar caña, tejer gorros y sillas, armar puzles de suficientes piezas… El cáncer no destruyó su creatividad y su inventiva, mucho menos su estado de buen humor y temperamento. Jamás le vi deprimido, tanto en la enfermedad, como en ausencia de ella. Nunca vi una muestra de debilidad; sí era verdad que su cuerpo y alimentación eran otros, pero su personalidad se mantenía intacta. Yo era el que interpretaba debilidad, desánimo, tristeza, abatimiento, donde nunca existió, ni en la antesala de la muerte.

Al final de ese año, el cáncer cedió. Fue una noticia extraordinaria que nos hizo muy felices. Seguíamos teniendo papá. De inmediato, mi padre comenzó a recobrar más energías, le creció el pelo, su papada desapareció y poco a poco iba incorporando sus antiguos hábitos alimenticios. Al parecer, el trago amargo había pasado y se volvía a la normalidad. Cerramos el año con abrazos y buenos deseos aquella vez.

Pasados 2 o tres meses, notamos que mi papá comenzaba con los síntomas iniciales de la enfermedad. Uno de los primeros, fue el cambio de voz. Algo no estaba bien. En esta segunda etapa de estudios especializados se detectó el regreso del cáncer de laringe, esta vez, con mayor intensidad. Aunque los oncólogos sugerían extirpar la laringe y dejar a mi padre sin voz, él no aceptó y decidió someterse a los tratamientos ya conocidos: la quimio y radioterapia. Se le ordenó una semana completa de quimioterapia intensa como tratamiento paliativo rápido y eficaz pero no resultó. Al final de esa intervención, ya en casa, mi padre tuvo un infarto severo que casi lo llevó a la muerte. En la familia todos creímos que era el fin. Yo estuve con él en la sala de urgencias y no podía creer lo sucedido. Aunque pasó por mí mente la idea del fallecimiento de mi padre, eso no era concebible; yo estaba junto a él, de hecho, me tomé una selfi junto con dos de mis hermanos y nunca imaginé estar sin él, solo vagaba por mi mente la frase “se recuperará”. Una conversación sobre la partida, el final de la vida, una despedida, nunca estuvo en mi itinerario mental. O no tenía el valor, o era demasiado ingenuo par no ver lo evidente, mi padre estaba al borde de la muerte.

Cuando regresó mi padre a la clínica acostumbrada, le controlaron su situación en la medida de lo posible y recomendaron descanso total. Ya en casa de mi segundo hermano mayor, le vino otro infarto sorpresivo, el cual mi hermano supo controlar con la técnica de reanimación cardiopulmonar. Mi hermano nos lo trajo unos días más.

Qué días tan extraños aquellos. En mi caso, no sé mis hermanos, no seguía apareciendo la palabra muerte. Vivía esas semanas con tanta inexperiencia que no hice nada para amortiguar o contener lo que llegaría. Ni los libros leídos, ni la preparación profesional, ni la fe me ayudaron a dimensionar la posible falta de alguien en la familia. Vez un puzle que le hace falta una o dos piezas, sabes que puedes conseguirlas o quizás fabricarlas para ver la obra completa y a veces, te da igual lo incompleto y no haces nada por completar el puzle, simplemente ves que le hace falta una ficha y te importa un carajo. En una familia que está a punto de quedar incompleta, no te preparas para ello y cuando llega el momento de mirar el espacio vacío que dejó tu familiar, no hay sustituto, solo autoengaños mentales para lidiar con las emociones y no perder la razón. Eso, en caso de perder a alguien con gran apego emocional. Si no hay apego, quizás te daría lo mismo que mirar el puzle incompleto: indiferencia.

Después de ese segundo infarto, su salud se agravó drásticamente mientras él luchaba por su vida a cada momento. Como podía, ingería sus licuados, jugos o agua, aunque muchas veces esos líquidos salían por sus fosas nasales. En una ocasión, le acompañé al baño de la clínica pero no para hacer sus necesidades sino para alimentarse. El lavamanos era el lugar perfecto para tomar su licuado ya que, si se derramaba, caía a la porcelana y no escurría el piso. Esa escena me conmovió al borde del llanto y me dio una lección de entereza. Luchar siempre, siempre por la vida, por vivir.

Cuando mi padre fue internado debido al segundo infarto, estuve organizándome con mis hermanos para cuidarlo. Mi padre ya no podía hablar, se comunicaba escribiendo. Su brazo izquierdo estaba canalizado con diversas sustancias. Ese brazo no parecía de él, sino el de un moribundo alimentado por vía intravenosa. Ya no podía ingerir por su garganta. Una enfermera muy amable, llegó e inyectó en el mismo brazo a mi padre, y cuando lo hizo, mi padre no mostró ningún tipo de reflejo al pinchazo, el rostro de mi padre estaba cansado, con una mirada perdida, con sueño, desvelado, harto, pero con deseos de seguir, de no dejar a su familia. Así lo demostró día y noche cuando él solicitaba que le trajera una bebida Delaware, un te o agua. El siempre dijo que la vida entra por la boca.

Entre mis hermanos, de repente abríamos la conversación que nadie quiere hacer en esos momentos: mi papá ya está cansado, no hay remedio, ¿a quien le tocará? No había respuestas. Mi hermano médico seguía los diagnósticos al pie de la letra y sus esperanzas ya no estaban sostenidas por casi nada. Según mis otros hermanos, incluso mi mamá, aceptábamos el hecho del fin inminente, pero lo hacíamos de los dientes para a fuera. Nadie entendía completamente la magnitud de lo que estaba por venir.

En mi tiempo de cuidador, fui testigo de la muerte de una persona también por cáncer, estaba en una cama en frente de mi papá. Mi padre se dio cuenta y solo movió la cabeza en dos sentidos.

¿Qué se platica entre un padre y un hijo en la antesala de la muerte? Yo intenté improvisar una conversación a cerca de una probable despedida, pero mi padre me dijo que ya había hablado con mi segundo hermano mayor. Interpreté que el tema estaba agotado. No fue cómoda su respuesta para mí, pero la acepté. ¿Quién soy para forzar un tema tan delicado con alguien que presiente el final? Que absurdo de mi parte, pero qué oportuna mi intención. Muy mal, si no lo hubiera intentado.

Los días y las noches de una semana pasaron y mi padre comenzaba a partir.

Mi padre dormía por episodios, ya no las horas corridas. La última noche que me tocó cuidarlo, no recuerdo la hora, mi padre despertó asustado y con los ojos abiertos totalmente en señal de asombro, dijo con voz borrosa y casi inaudible: “me voy a morir”. Yo toqué su cabeza y pelo, lo invité a descansar. Ya no descansó, su mirada se clavó en algo que le impidió dormir de inmediato. Veía que forzaba sus párpados para dormir. Imaginé que una sensación de terror invadía su mente y cuerpo.

Al día siguiente, por la mañana, mi hermano mayor y yo estuvimos cuidándolo. Recibí la indicación de comprar una medicina. Cuando regresé, mi hermano le estaba dando un licuado a mi padre, él volteó a verme y colapsó. Se fue su alma, la energía de su cuerpo, como si alguien la desconectara abruptamente. Me acerqué con rapidez, le puse su mascarilla de oxigeno e intenté reanimarlo golpeando un poco su espalda. Vi su saturación de oxígeno en su dedo y éste estaba en color negro, las palmas de sus manos mostraron el mismo signo. Mi padre ya no respiraba, mi padre ya no estaba ahí, mi padre se había ido para siempre. Aunque recibí indicaciones de unas enfermeras de que siguiera haciendo golpecitos en su espalda, no hubo reacción. Lo acosté y salimos del espacio para que mi padre recibiera reanimación. Cuando salimos, alcancé a escuchar a una de las enfermeras que dijo ¿ya falleció verdad? y otra contestó: Sí. Después de 5 o 10 minutos me hablaron para decirme lo que nadie quiere escuchar nunca. “Hemos hecho las maniobras de reanimación y todo lo que está a nuestro alcance, pero no fue suficiente.  Le informo que su papá ha fallecido”. La doctora me regaló un abrazo. Di la noticia a mi hermano médico y enseguida a mi familia. Pasamos mi hermano mayor y yo a ver a nuestro padre, lo tocamos y soltamos a llorar en ese abrazo que nadie quiere darse. Poco después, llegó mi segundo hermano mayor, toco a mi padre y dijo “todavía está calientito” y soltó a llorar.

Antes de la muerte, ¿Quién piensa en ella? ¿Cómo reconocerla? ¿Cómo asimilarla? ¿Cómo prepararnos para recibirla si nos han acostumbrado a vivir? ¿Cómo aprender a sentirla aún cuando no está presente? ¿Cómo aceptarla como un hecho cotidiano? ¿Cómo aprender a vivir sin el otro, cuando todavía no se ha ido? ¿Cómo dimensionar el lugar vacío en la familia antes de que aparezca?

Hasta la próxima, Nota del Autor.