Eran las 5 de la tarde. Sentí un inesperado impulso por salir a hacer una caminata. Era noviembre y el clima ya era frío. Crucé la carretera y me dirigí al bosque. Había algo en mí que necesitaba soledad. No tomé ningún sendero, preferí experimentar y diseñar mi ruta. De inmediato, sentí la sombra de los árboles y mi pensamiento comenzó a vagar sin sentido. No lo detuve. Dejé fluir el azar y lo inesperado. Cuando había recorrido cerca de un kilómetro, divisé a unos 50 metros una pequeña plazoleta. Me sorprendí. Al acercarme por completo vi que había dos bancas rústicas de madera vieja, ancladas a en un antiguo piso de ladrillo Pero esto no fue lo que me sorprendió. En una de las bancas estabas tú, leyendo al viejo Jaime Sabines en la segunda estrofa de los amorosos. Mi llegada sorprendió tu lectura y súbitamente cerraste el libro para voltear sobre tu hombro derecho y descubrir que era yo. Otro caminante ensimismado. Intercambiamos saludos y nos preguntamos ¿qué hacíamos ahí? Soy un pensador libre -dije-. Me sumerjo en el vino de la poesía y ya embriagado, escribo sin la locura humana. Yo vengo a este sitio recurrentemente a encontrarme con los poetas. En la intimidad de este bosque, sus estrofas me enseñan del amor, la belleza y libertad. Nos encontramos en una mirada profunda y sonreímos. Eran después de las 6 de la tarde cuando supe aquel día que no había salido a caminar sino a encontrarte.
Categoría: Poesía
La lluvia
Un cielo de julio estaba sobre nosotros. Las nubes, de un gris oscuro, nos prevenían de la inminente lluvia. En frente de nosotros, un lago silencioso, rodeado de basta vegetación y una cabaña que expulsaba humo de su chimenea. Elegimos esa tarde, ese lugar para estar el uno con el otro: mirarnos sin futuro, ni pasado, tocar nuestras manos sin prisa, hablar sin importar los acuerdos, reírnos y compartir la espontaneidad. Llegó la lluvia y borró un tanto la apariencia. Vi que no supiste que hacer: si guardar los aperitivos o besarme entre la lluvia. Yo también me vi sorprendido: o levantaba la sábana en la que nos sentamos, que ya estaba mojada, o te acercaba junto a mí para protegerte de la lluvia. Al mismo tiempo, nos sentamos y echamos a reír. Nos pusimos uno al lado del otro y solo disfrutamos la lluvia. Aquel día, aquella tarde, aquel sitio, aquel lago, ya nos pertenecía. Ambos lo sabíamos cuando nos abrazamos. La lluvia cesó y comenzamos a guardar las cosas. Me pediste guardar el momento con una fotografía y yo sonreí.