El Güero

En 1995 yo tenía 17 años. Mis primeras experiencias de trabajo duro fueron enseñadas por mi padre, que en paz descanse. Fertilizar la milpa, cuidarla de las plagas, cosechar, piscar, pepenar el maíz que ignoró la máquina piscadora, moler milpa seca para ser rastrojo, cosechar garbanzo, trabajar en la obra, en fin. Era trabajo familiar y había que hacerlo.

Fuera de estas obligaciones, mi primer trabajo fuera de casa fue con Don José Ventura Méndez Jiménez, mejor conocido en el barrio de La Loma, de Unión de Tula, como El Güero. En 1995, el trabajaba para la Cervecería Cuauhtémoc Moctezuma, como distribuidor de sus productos en la ruta a Ayutla, Jalisco y sus comunidades. Bien recuerdo que me recomendó para trabajar con él durante un mes y medio, en las “vacaciones largas” entre junio y agosto de ese mismo año.

Fui contratado de inmediato como su ayudante. El trabajo no era difícil. El primer día me explicó todos los procedimientos de lo que se debía hacer: tenía que ayudarle a cargar la camioneta con el producto para que al día siguiente estuviera lista para tomar la ruta y surtir a los negocios. Debía familiarizarme con los tipos de botellas que se distribuían: medias, cuartito, indio y carta blanca, ya que eran las se vendían más en aquella época. Para mi no fue fácil habituarme con los nombres y las cajas donde venía almacenado el producto, pues en mi familia no se tomaba alcohol de ningún tipo. La experiencia fue totalmente nueva. Además, tenía que llevar lonche que podía ser acompañado con algún refresco Peñafiel.

Cuando llegábamos por la camioneta a la bodega, siempre vi una buena actitud para el trabajo de parte de el Güero, nunca le noté que renegara, más bien, cuidaba su empleo. Ya subidos en su camioneta, a veces le costaba un poco de trabajo encender el motor, giraba la llave al mismo tiempo que inclinaba su cuerpo hacia el volante, como suplicando que arrancara la primera, y después de dos o tres intentos la máquina funcionaba. Aquella era una camioneta vieja, no recuerdo el modelo mucho menos el año, pero bien notaba, a parte del encendido defectuoso, que a veces las velocidades no entraban como debían. Pero bueno, El Güero siempre se las ingeniaba para poner en marcha aquella carcacha. Le sabía a la mecánica y nunca nos dejó varados.

Durante el camino al municipio de Ayutla improvisábamos alguna plática sin profundidad. Cuando llegábamos a las tiendas a dejar el producto yo tenía que ocupar mi puesto de inmediato: entrar a la caja de almacenaje de la camioneta y esperar a que el Güero me dijera qué tipo producto le pasara para meterlo al negocio. Varias veces me equivocaba, el me pedía una caja de carta blanca y yo le entregaba una de cuartito o de tamaño mediano. Nunca noté que se molestara, mejor se reía y me corregía con humor. Cuando era mucho el producto que se dejaba en algunos negocios, me bajaba de la camioneta y ayudaba a transportar las cajas al interior del punto de venta.

Eran jornadas largas de trabajo que terminaban a las 6 o 7 de la tarde, pero con mis 17 años, pero lejos de ser un deber u obligación, era una aventura más, remunerada semanalmente con 380 pesos. Recuerdo bien que había ocasiones en las que el Güero agarraba la plática con los clientes y me ordenaba que esperara en la camioneta. Entendía perfectamente lo que hacía porque el producto ya estaba vendido y había tiempo para la socializar. Para mí, era descanso reconfortante de que la jornada llegaba a su fin. Ya de regreso a Unión de Tula, vaciábamos la camioneta y la volvíamos a llenar de producto para tenerla lista al día siguiente.

Por aquellos años, el Güero y su familia recién habían llegado a Unión de Tula, no recuerdo dónde vivían antes, pero su llegada al vecindario creó lazos de amistad entrañables que luego se transformaron en vínculos de compadrazgo con mi familia y, por ende, en muchas experiencias compartidas. El Güero tuvo varios trabajos; en el que permaneció más, hasta su jubilación, fue el de despachador de gasolina, luego concluyó su productividad montando un taller para bicicletas. Fue una persona humilde, sencilla, que siempre procuraba el bienestar de su familia. De repente llegaba por sorpresa a saludar y su plática siempre era empática y con un buen sentido del humor. Jamás olvidaremos el abrazo de Feliz Navidad que nos regalaba año con año después de las 12:30 am. Todos en la familia predecíamos “ahorita va a llegar el Güero, van a ver” y de pronto, llegaba feliz con algunos de sus hijos a convivir. Ese tipo de detalles siempre los recordamos en familia, sea navidad o no.

Hay mucho que contar de esta historia llamada El Güero que hoy 9 de febrero deja de escribirse. Quiero honrarlo con este escrito y al mismo tiempo seguir llamando la atención a cuidarse de ese mal que hace un año estaba en el otro lado del mundo y que ahora está en nuestra tierra apagando vidas que aún no merecen oscurecer.

Hasta siempre Güero.

En memoria de José Ventura Méndez Jiménez

El Güero, de la calle Mérida, Unión de Tula, Jalisco, México.