Ecos de Silencio y destino

El viernes 12 de septiembre de 2025, mientras bajaba por la rampa del edificio en mi lugar de trabajo, viví un momento que aún guardo con gratitud. Al llegar al primer piso, una estudiante de primer semestre de preparatoria se acercó con timidez y, a la vez, con un brillo inconfundible en el rostro: quería que le firmara Silencio y Destino, un libro de mi autoría.

Con asombro vi cómo sacaba el ejemplar de su mochila. No era un libro intacto, sino un compañero de viaje: tenía versos subrayados, palabras destacadas, huellas de lectura viva. Eso me sorprendió y conmovió profundamente. La estudiante, llamada Mariana, me confesó que algunos poemas le habían marcado. Le agradecí con sinceridad que se tomara el tiempo de leer mi obra y, casi sin pensarlo, le conté que era la primera persona en hacerme comentarios tan positivos sobre ese poemario.

Cuando le pregunté cuál era su poema favorito, respondió sin titubear: “Tu vida”. Entonces tomé el libro entre mis manos y recité en voz alta aquellos versos, como si los reviviera por primera vez. Después, escribí una dedicatoria y firmé su ejemplar.

Fue un instante breve, pero cargado de significado. Para Mariana, un recuerdo; para mí, un regalo que reafirma la razón por la cual escribo: porque la poesía encuentra caminos invisibles hasta tocar la vida de alguien más.

Tu vida

Cuando estamos juntos,
tus besos se me derriten
y sufro porque
no puedo dejarlos quietos.

Tu abrazo es tan volátil
que me quedo con frío
cuando te retiras.

Tus caricias son tan necesarias
que detienes mi corazón
si dejas de tocarme


Tu voz, diciéndome te amo,
rejuvenece mi cuerpo y el amor.
Por eso, quisiera que no calles
lo que sientes por mí.

Tu compañía
es el aliento de mi futuro
y el refugio de mis miedos.

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