Cuando comencé a escribir, me hice una promesa: no publicar libros extensos. Quería textos breves, concretos, capaces de decir mucho con pocas páginas.
Siempre he admirado las ideas que van directo al corazón del lector sin perderse en rodeos.
Sin embargo, este libro me ha llevado por otro camino.
Mientras me acerco al final, descubro que algunas historias simplemente exigen más espacio para ser contadas. Hay dolores, aprendizajes, personajes y emociones que no caben en unas cuantas páginas.
Confieso que nunca imaginé escribir un libro de esta extensión. Pero también confieso algo más: creo que cada página ha valido la pena.
Ha sido un viaje intenso, a veces agotador, pero profundamente significativo. Conforme avanzo hacia las últimas líneas, siento que no estoy terminando un libro; estoy cerrando una etapa de vida que necesitaba ser contada.
Y sí… después de 451 páginas, puedo decirlo sin duda: ha valido la pena.