Camino al cielo y los recuerdos de una infancia feliz

Cuando era adolescente, solía ver algunos capítulos de Camino al cielo, aquella entrañable serie protagonizada por Michael Landon y Víctor French. Hoy conservo recuerdos vagos de muchas de sus historias, pero hay algo que permanece muy vivo en mi memoria: la figura de aquel ángel terrenal que llegaba para ayudar a las personas en momentos difíciles.

También recuerdo con claridad la música de la introducción y la imagen de Michael Landon caminando por una carretera, pidiendo aventón mientras se dirigía hacia una nueva misión.

Junto a esos recuerdos aparecen otros igual de valiosos: mis vacaciones en Guadalajara. A finales de los años ochenta y principios de los noventa, la serie era transmitida por un canal que aún no podía verse en mi pueblo, Unión de Tula. Creo que era el Canal 5 de Televisa. Por eso, cada vez que visitaba la ciudad, tenía la oportunidad de encontrarme con aquellos episodios que me transmitían algo difícil de explicar, pero fácil de sentir: esperanza, paz y fe en la bondad humana.

Ahora que he vuelto a ver la serie completa, experimento oleadas de nostalgia. Sin embargo, por encima de la nostalgia, siento una profunda felicidad. La serie me ha permitido reencontrarme con una etapa de mi vida que recuerdo con cariño y gratitud; una infancia feliz que contribuyó de muchas maneras a la persona que soy hoy.

Camino al cielo es una serie que vale la pena ver, independientemente de las creencias religiosas de cada quien. Más allá de su temática espiritual, habla de la compasión, la empatía, la solidaridad, el altruismo y la capacidad humana de tender la mano a quienes lo necesitan.

En tiempos en los que abundan las historias de violencia y confrontación, volver a una serie que nos recuerda la importancia de hacer el bien resulta no solo agradable, sino también necesario.

Si tienen oportunidad de verla, no se la pierdan.

Nunca lo creí, pero vale la pena

Cuando comencé a escribir, me hice una promesa: no publicar libros extensos. Quería textos breves, concretos, capaces de decir mucho con pocas páginas.

Siempre he admirado las ideas que van directo al corazón del lector sin perderse en rodeos.
Sin embargo, este libro me ha llevado por otro camino.


Mientras me acerco al final, descubro que algunas historias simplemente exigen más espacio para ser contadas. Hay dolores, aprendizajes, personajes y emociones que no caben en unas cuantas páginas.


Confieso que nunca imaginé escribir un libro de esta extensión. Pero también confieso algo más: creo que cada página ha valido la pena.


Ha sido un viaje intenso, a veces agotador, pero profundamente significativo. Conforme avanzo hacia las últimas líneas, siento que no estoy terminando un libro; estoy cerrando una etapa de vida que necesitaba ser contada.


Y sí… después de 451 páginas, puedo decirlo sin duda: ha valido la pena.